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Publicado en: Revista Nº 42

Transformar la agresividad confrontándose a ella en la formación Destacado

Publish 01 Diciembre 2011 Visto 2227 veces
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Buenos días a todos y bienvenidos a esta Jornada de trabajo organizada por la Asociación Europea de Escuelas de Formación en Práctica Psicomotriz en colaboración con la AEC de Barcelona. 

es psicóloga y terapeuta psicomotriz. Dirige el centro de formación y tratamiento psicomotor CEFOPP de Madrid, perteneciente a la ASEFOP, asociación de la cual es actualmente presidenta.

Quiero agradecer especialmente a don Joan Martorell, regidor de urbanismo del Ayuntamiento de Vilanova i la Geltrú, así como a la corporación municipal, especialmente a los responsables de Turismo y Educación, el esfuerzo y la colaboración activa que han venido realizando para acogernos en esta ciudad, no sólo en el día de hoy sino a lo largo de la próxima semana en que tendrá lugar el XXXI Stage de la ASEFOP en esta ciudad al borde del Mediterráneo. Quiero también agradecer su acogida a la Universidad Politécnica que nos ha proporcionado unas condiciones excelentes para poder desarrollar un trabajo de calidad que responda a las expectativas de todos los presentes.

Es la primera vez que tengo el honor y también la responsabilidad de presentarme ante ustedes como Presidenta de la ASEFOP, asociación creada por Bemard Aucouturier junto a un grupo de colaboradores en 1986, que agrupa a las escuelas y formadores que imparten formación en Práctica Psicomotriz Aucouturier en Europa y algunos países de Hispanoamérica.

En estos 25 años hemos pasado por diversas vicisitudes, pero siempre hemos tenido un

compromiso riguroso con el mundo de la infancia vehiculado en particular a través de la calidad de formación que ofrecemos a los profesionales que se dedican a ella. No es fácil ser niño en la sociedad del siglo XXI pero tampoco es fácil educar, acompañar el desarrollo o ayudar a esos niños que crecen muchas veces en una sociedad desorientada, y que al manifestar su malestar nos interpelan como un grito en nuestro sistema de vida, cuestionando nuestras competencias profesionales.

Las escuelas de la ASEFOP nos enorgullecemos de ser en nuestros diferentes países un referente no sólo por la formación en Práctica Psicomotriz que impartimos, sino por ser un lugar de encuentro y refiexión sobre las relaciones educativas, familiares e institucionales. Son miles los profesionales de la educación y del ámbito clínico que han seguido nuestra formación por lo que me atrevo a decir sin temor a equivocarme que, como asociación, acumulamos la mayor experiencia formativa a nivel privado de toda Europa en el ámbito de la psicomotricidad. Nuestras escuelas abren año tras año cursos que acercan a los profesionales a una perspectiva del desarrollo infantil en el que el cuerpo y el movimiento adquieren una dimensión estructurante en la maduración psicológica del niño. Esta cercanía a la infancia y a los profesionales que trabajan con ella nos permite tener·una visión privilegiada de las problemáticas actuales en relación a todo el aquello que rodea a la infancia y al hecho de educar.

La agresividad

En el día de hoy nos proponemos reflexionar sobre un tema de candente actualidad, la agresividad, ese comportamiento tan antiguo COl'l'O el género humano, consustancial al mismo podiamos decir, pero que en la sociedad actual ha adquirido la categoría de problema generalizado en lo social por sus manifestaciones violentas, excesivas, que dificultan la convivencia tanto en el ámbito privado como en público, así como el establecimiento de cualquier relación satisfactoria a nivel personal o social.

La maduración de un niño pasa inequívocamente por la transformación de los impulsos agresivos en conductas socialmente aceptables. La comprensión de las diferentes manifestaciones de la agresividad va a ser uno de los objetivos que a lo largo del día de hoy vamos a trabajar tanto aquí, en gran grupo, como en los diferentes talleres que están previstos.

Pero hay algo que va a ser común a todos, porque para que este proceso se pueda producir, el niño va a necesitar siempre de un "otro" que facilite el acceso al registro simbólico a través del cual el niño va a poder canalizar la expresión de su malestar, de su pulsionalidad, o de su energía vital. ¿Cómo puedo ser yo ese otro que el niño necesita para transformar sus excesos?

Un ejemplo. Marta vino a consulta por sus comportamientos violentos que se manifestaban especialmente en familia. Sus padres estaban desesperados porque no sabían cómo responder ante las provocaciones y los excesos que llegaban hasta pegar a su propia madre, provocando a su vez una reacción violenta en el padre que luego se reconcomía de culpa por lo sucedido. A lo largo del acompañamiento a los padres durante la terapia, ambos reconocieron que habían sido "niños buenos", buenos estudiantes, buenos hijos; nunca se habían rebelado ni habían dado un problema a sus padres. Es decir, que ambos habían reprimido de forma importante sus impulsos agresivos en aras de una sobreadaptación al entorno, por lo que ninguno de ellos tenía herramientas personales para poder gestionar internamente los comportamientos de su hija; no hablemos ya de ayudarle a canalizar sus excesos. La madre reconocía, avanzada ya la terapia, que admiraba muchas cosasde su hija como su inconformismo, su lucha por lo que consideraba justo, y otros comportamientos que significaban una afirmación de su hija ante el entorno, y lo admiraba porque ella nunca se había atrevido a ser así.

Otro ejemplo. Carlos era un niño que tenía serios problemas en el colegio; estaba señalado por profesores y compañeros por sus dificultades de relación, su afán de llamar la atención y sus reacciones agresivas en las que perdía realmente el control de sus actos. Sus padres, en particular la madre, provenían de familias complicadas en las que el conflicto era la manera habitual de relacionarse y Carlos era un experto en crear conflictos. Las sesiones con Carlos eran de una fuerza extrema en el límite entre la realidad y el registro simbólico, hasta una sesión realmente al límite en la que Carlos pudo sacar toda su fuerza destructiva, encontrando enfrente un adulto indestructible pero maleable, capaz de aceptar toda la rabia que venía de él y seguir disponible para él, lo que le permitió vaciarse tal manera que hay un antes y un después de esa sesión en las relaciones de Carlos.

Ninguno de estos padres con toda su entrega, que era importante, pudo ser ese otro que su hijo necesitaba. ¿Cómo prepararnos nosotros para trabajar con estas realidades con estos niños que frecuentan cada vez más nuestras escuelas? ¿Con estos padres que están tan lejos de comprender qué les pasa realmente a sus hijos? ¿Cómo encontrar una vía de relación diferente, para no reactualizar permanentemente los modelos de relación que les han llevado a un callejón sin salida?

Como en toda actividad humana y especialmente en la actividad profesional, la respuesta a esta pregunta se articula en tres niveles. El primer nivel es entender. ¿Entiendo lo que me hace el niño con su comportamiento? ¿Tengo una comprensión teórica de la situación?

Este primer nivel de referencias teóricas es indispensable para abordar cualquier problemática y, en particular, la que hablamos hoy que afecta a elementos esenciales de nuestra persona como la seguridad o la integridad física y afectiva, así como el malestar o bienestar en las relaciones. Un segundo nivel de respuesta es qué puedo hacer; es decir, cuáles son mis recursos ante la persona o la situación concreta para poder resolverla o ayudar de manera ajustada, y en este saber hacer, sin duda, la experiencia va ser un factor que nos va ir proveyendo de más recursos. Pero estos dos niveles por sí solos serían estériles si no pueden tomar cuerpo y articularse en la emoción de la propia persona. Aquí voy a centrar mi exposición.

Bernard Aucouturier en su artículo Vivir y Comprender al niño se pregunta: ¿Qué hay de oscuro en nuestra niñez que nos empuja a vivir, a ayudar, a tratar de comprender al niño? ¿No será una búsqueda para comprender mejor nuestra historia escondida, aquella parte sombría que hace que tengamos mayor o menor necesidad de repararnos mediante relaciones que establecemos con los niños en el grupo de educación o aún más, con el niño que ayudamos en terapia?

La formación personal que impartimos en las escuelas de la ASEFOP es una formación que se realiza por la vía corporal y que antes o después pone a las personas en disposición de confrontarse con la cuestión de quién soy yo en mis relaciones.

El descubrimiento progresivo de ese quién soy yo pasa ineludiblemente por la confrontación con mi propia agresividad y la historia de la organización de mi propia pulsión. Para las personas que nos dedicamos al mundo de la educación o de la ayuda en general, es decir, que por definición hemos hecho una opción de vida profesional en la que se supone que lo que "sale" de uno es bueno, incluso necesario para el otro, descubrir que en alguna parte de uno mismo hay aspectos oscuros de los que uno no tenía noticia, y no sólo eso, sino que el cómo resolvimos en nuestra infancia nuestra relación con nuestra propia agresividad está en relación directa con quién y cómo somos hoy en día, es un descubrimiento que se realiza con sorpresa, miedo o con inquietud, cuando menos.

Primeros días de formación personal, situación de juego libre, ¡sorpresa, desconcierto! ¿A qué juego? No me dicen a lo que tengo que jugar, puedo elegir, soy libre, ¿qué quiero hacer? No sé lo que quiero hacer, empiezo imitando lo que he visto hacer a los niños en la sala pero pronto se me acaba el repertorio, me uno a algún grupo que está haciendo algún juego organizado (¡menos mal que alguien organiza!). Escucho a unas compañeras hablar de los problemas que han tenido en la escuela, voy con ellas, se acabó el juego, ése es mi sitio, no tengo que atreverme, no tengo que arriesgarme ni que desear, me basta con estar . ..

De repente de manera inesperada un módulo que volaba por los aires me da por detrás en la cabeza. ¿Pero cómo es posible? Una rabia incontenible me sube desde las tripas hasta la garganta, voy como una energúmena hacia la persona que creo que ha sido, no veo ni oigo, siento una gran satisfacción al tumbarla con mi fuerza; al sentir su oposición, al medirme con ella, me asusto: ¿Soy yo la que está forcejeando de aquella manera? Me asusto de mi reacción. ¿De dónde ha salido mi fuerza si yo no mato ni una mosca?

Descubrir, a través de las diferentes situaciones simbólicas que la formación personal nos propone, que podemos ser personas agresivas, con un lado oscuro dentro de nosotros que puede dar hasta miedo, porque no lo dominamos, que nos hace sentir mal porque nos hace sentir malos, que nos hace sentir culpables porque hay un placer en la transgresión que hacía tiempo no experimentábamos, porque no nos lo permitíamos, produce en definitiva una amalgama de sensaciones contradictorias frente a las que nadie queda indiferente.

Hay que pensar que la niña o niño que fuimos en algún momento sintió que lo que "salía" de él podía ser peligroso para las personas que quería, que podía hacer daño, que ponía en nesgo la aceptación y el afecto al que aspiraba en permanencia, haciendo crecer un sentimiento de ser inadecuado que se volvía irresistible, por lo que cada uno de nosotros tuvo que optar en un momento por aceptar la norma, y aprender con mayor o menor fortuna a adaptar nuestros comportamientos a lo que se esperaba de nosotros, administrando nuestras transgresiones según la dosis de confiicto o de frustración que éramos capaces de soportar, o lo que suponíamos que eran capaces de soportar los que nos rodeaban.

Pero nada de esto se hace sin confiicto inconsciente, sin una tensión interna que queda incrustada para siempre en nuestro tejido corporal. Es el confiicto entre la fuerza de vida de querer ser yo mismo a cualquier precio y el deseo irreprimible de que me quieran a cualquier precio.

¿Dónde hemos dejado nuestro enfado? ¿En qué parte del camino se quedó para conseguir que me quisieran, que me aceptaran? El acceso al descubrimiento de la propia pulsión, de la propia energla vital expresada en mayor o menor grado a través de un sin fin de situaciones simbólicas a lo largo de la formación, es siempre un camino hacia lo auténtico, hacia lo más genuino de nosotros mismos, aquello para lo que no tenemos palabras pero que se expresa a través de nuestro cuerpo, nuestra actitud, nuestro gesto, nuestra postura y por lo tanto no engaña, ni en lo que "damos", ni en lo que "recibimos".

Esta apertura a una sensibilidad diferente en las relaciones, vividas siempre a través de una fuerte movilización tónico-emocional, va produciendo en las personas una emergencia de imágenes, sensaciones y emociones que facilitan la apropiación de nuestra propia historia de relación.

Este camino, plagado de rosas y espinas como la vida misma, nos abre una vía de reconciliación con nosotros mismos y con los que hicieron de nosotros lo que somos hoy y, si esto es importante, no lo es menos poder comprender los caminos que tomó nuestra pulsión, nuestra agresividad y cómo se muestra o no a día de hoy.

¿De qué me defiendo? ¿De qué manera necesito mostrar mi domino sobre los demás? ¿Soy de las que necesita tenerlo todo controlado? ¿Cómo soporto el movimiento, el ruido de los niños? ¿Me atrevo a decir no? ¿Me atrevo a pedir? ¿Escucho mis necesidades? ¿Me atrevo a desear? ¿Me doy permiso para sentir? ¿Rivalizo con cualquier ser humano que se atreve a existir delante de mí? ¿Me siento amenazado por él? O al revés, ¿me encojo ante ese tipo de personas y huyo siempre de los conflictos?

Y así podríamos seguir desgranando un rosario de preguntas que progresivamente, a partir de la apropiación de los dispositivos previstos en la formación, van a ir aportando luces a la pregunta inicial de quién soy yo en mis relaciones. No olvidemos que nosotros no formamos a las personas sino que las ayudamos a que se formen de manera activa.

Vivir la agresividad como una fuerza de vida, no sólo en la versión destructiva de la violencia sino en la versión constructiva de la afirmación, de la creatividad, de la energía al servicio de nuestros fines vitales y profesionales, no sólo es un descubrimiento personal vivido en primera persona en el propio cuerpo, sino que cambia por completo la mirada sobre las relaciones humanas, constituyendo quizá la huella diferencial de las personas que han pasado por la formación, ya que no sólo es teoría, que también, sino que es sobre todo una experiencia de transfonmación.

El placer de la acción compartida transforma. Éste es un axioma verificable en cada curso, en cada formación, en cada persona que realiza la experiencia de la formación personal. Vivir el placer de empujar hasta la extenuación, de luchar, de pelear con objetos o sin ellos, de perseguir, de atrapar, de inmovilizar, de atar, de lanzar, de gritar, de llamar, de pedir, de sacar la voz, de volver a vivir la fuerza de poder expresar todo lo que llevamos dentro sin miedos, sin juicios ni prejuicios, en un área de juego, va produciendo en las personas una liberación de tensiones, una descarga de peso, una reapropiación de las sensaciones de ser uno mismo, de estar vivo y sentirse pleno; en definitiva, un gran placer de existir, lo que va a conllevar unos cambios sutiles en lo tónico-emocional que hace que las personas se sientan distintas, cambiadas, sin que a veces puedan precisar el qué hasta pasado un tiempo.

Es el proceso que va de la culpa a la afirmación, del miedo al atreverse, de la omnipotencia a la humildad, y que corporalmente se manifiesta en la transformación del tono, de la postura, que se traduce en un paso a la apertura sobre unos buenos apoyos con una nueva mirada más libre y más compasiva.

Para terminar, voy a contar una anécdota a modo de resumen que ilustra bastante bien lo que ha sido mi exposición. El año pasado el día que comenzaba el curso de Práctica Psicomotriz Educativa en Madrid, al hacer la ronda de presentaciones, una mujer de mediana edad explicaba su motivación para hacer el curso porque al año siguiente se iba a hacer cargo de la dirección de la etapa de infantil de su colegio y una buena amiga, directora también de una E. l. le había dicho que lo hiciera con nosotros "porque allí no se qué las hacen pero cuando terminan, todas caminan diferente". Pues eso, que desde la Práctica Psicomotriz podamos seguir cambiando el paso a muchas personas, niños o adultos.

Muchas gracias

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