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Publicado en: Revista Nº 28

La estrategia de rodeo en terapia psicomotriz

Publish 01 Diciembre 2004 Visto 1957 veces
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Pienso que haría falta la pluma de Proust para describir con precisión la riqueza de las sensaciones, la sutileza de los matices y la fuerza de las emociones que se ponen en juego en una sesión de terapia psicomotriz. Pero una vez asumida esta limitación, voy a intentar ilustrar, a partir de dos ejemplos clínicos,  situaciones vividas en la sala con niños referidas a lo que sin duda constituye el pilar de  intervención más genuino y original de la Terapia Psicomotriz Aucouturier:   la estrategia de rodeo.

Efectivamente la estrategia de rodeo tiene como objetivo que el niño se reencuentre con las sensaciones más arcaicas que constituyen los cimientos de sus representaciones inconscientes y que están por tanto en la base de la representación de la unidad de sí mismo. Esta estrategia  no es una “vuelta a” una etapa anterior en el sentido regresivo, sino  un “recorrido por” los orígenes, por  las sensaciones arcaicas, con el fin de que el niño pueda reconstruir la unión entre lo somático y lo psíquico y a partir de ahí, instaurar o restaurar la función simbólica.

Las resonancias tónico-emocionales vividas en la relación terapéutica, con todas las características de la misma que no vamos a desarrollar aquí, van a producir una liberación de  emociones y fantasías inconscientes ligadas a la relación primaria, o dicho de otro modo, la movilización emocional surgida de  las resonancias va a hacer emerger fantasmas ligados a la oralidad y a la envoltura. Esta liberación,  se produce de la mano  de todos los juegos de reaseguración profunda posibilitando así la creación de nuevas representaciones.

Quiero insistir en el aspecto no regresivo de esta estrategia en el sentido de que no busca producir una regresión en el niño, por el contrario, aunque pueden aparecer situaciones regresivas, el desencadenamiento de todos los juegos de reaseguración profunda hace que el niño realice este rodeo de manera activa, apropiándose así de unas nuevas sensaciones, de un  nuevo placer, de una nueva vivencia de sí mismo a partir de vivir el placer de la acción compartida.

La transformación tónicoemocional es la consecuencia inmediata.

Veamos un par de ejemplos:

Katy es una niña de 10 años, adoptada, su vida fue difícil desde su concepción pues su madre era toxicómana.  Ella vino al mundo sufriendo un grave síndrome de abstinencia, además de ser portadora de VIH, desde el primer momento se temió por su vida. A las pocas semanas fue adoptada por su familia pues las instituciones consideraron que solo en el seno de una familia podría salir adelante. Desde que tenía un año padece serias alteraciones respiratorias y cardíacas. Su vida escolar es difícil pues presenta retraso en los aprendizajes y por su enfermedad no puede seguir el ritmo de los juegos de sus compañeros “los que van conmigo pierden”. Su desmotivación es grande. Su cuerpo es muy carencial, muy delgada, muy pálida, todo es tenue en su expresividad, sus movimientos, su tono, su voz……..

En la Sala, se cansa con facilidad y con frecuencia tiene que administrarse sus fuerzas; tiende a la pasividad y que sea el otro el que haga las cosas por ella. En pocas sesiones, a partir de ciertos juegos simbólicos de identificación (maestras y colegios sobre todo) que tenían un fuerte efecto catártico para ella porque descargaba mucha agresividad verbalmente dando muchas órdenes con mucha rabia, fue abriéndose a juegos sensoriomotores y, dentro de sus posibilidades, empezó a disfrutar realmente en la Sala de otra manera, ya que por una parte descubría una nueva vivencia de sí misma a partir del placer que descubría en los juegos sensoriomotores y por otra “me destruía” ridiculizando mi “enorme torpeza” en esos mismos juegos. Saltar, dar volteretas, y especialmente rodar y deslizarse, es decir juegos relacionados con la envoltura corporal constituían el núcleo de su acción.  Pasó así de la pasividad a la actividad y el cambio de tónico, en especial de su voz era significativo. 

Un día, después de una de estas secuencias de juegos sensoriomotores, se fue a descansar tumbándose boca arriba sobre dos cojines grandes. Me acerqué y empecé a empujarle despacio con sus pies apoyados sobre mi tripa a la vez que le decía que iba a pasearla por la sala como si fuera una niña pequeña en su cochecito, se levantó, organizó las sábanas del cochecito y se instaló en él en posición fetal arropada completamente. Seguí paseando “el cochecito”, cambiando de ritmo, ella siguió acurrucada, haciendo movimientos con la boca y con los ojos queriendo mirar y no mirar a la vez. El cochecito se detuvo, pasó a su “cama” (colchonetas), tumbada sobre la espalda agitaba las piernas en el aire como haría un bebé de 6 meses, movía la boca y mordía cuantos objetos y cojines estaban a su alcance o yo misma le ofrecía, su mirada se “enganchaba“ a la mía a la vez que me gritaba varias veces ¡déjame en paz! con mucha emoción. Yo sentía como se me iba poniendo la carne de gallina y resonaba internamente, conmovida ante el drama de aquella niña de  meses que se expresaba en un cuerpo de 10 años. La situación duró un rato. Arropada por la relación, por mi voz y mis palabras, por mis gestos a veces rechazados, contenida por mi mirada, el bebé pudo empezar a crecer, salir a gatas, caminar.

Aquel día en la representación final Katy pudo empezar a hablar de su adopción, de su otra madre, algo tabú hasta ese momento. Dibujó un chupete mágico el cual, cuando el bebé lo chupaba, daba a la familia lo que necesitaba, dinero, alimentos para el bebé, etc.

Katy hizo un rodeo por una situación regresiva ligada a la oralidad. Las sensaciones producidas al empujarle desde los pies indujeron la postura fetal, produciendo una movilización tónico emocional muy fuerte. Este cuerpo deficitario a nivel fisiológico pues hasta respirar le es costoso, nos mostraba su necesidad imperiosa de protección y envoltura recorriendo sus orígenes contenida y arropada por la relación terapéutica. El cambio en la representación de sí misma lo observamos en el momento de la representación final; por primera vez pudo abordar su abandono y por primera vez se siente capaz de dar algo bueno de sí misma a los demás. Ni que decir tiene que yo salí de la sala con un nudo en la garganta.

Manolo es un caso diferente. Nacido en el seno de una familia de clase alta tenía todo a favor para un desarrollo armonioso, pero por causas indeterminadas a sus 6 años es un niño problemático que fracasa en sus relaciones con los demás niños; inteligente, de semblante serio, no es capaz de disfrutar jugando. En la sala se pasea bien derecho con las manos en los bolsillos mientras se mira al espejo hablando sin parar, utilizando un lenguaje invasor y trasgresor en todo momento. Cualquier juego para que prendiera tenía que tener un trasfondo agresivo, es decir que Manolo solo corría o saltaba o utilizaba objetos si tenía una intención destructiva sobre el terapeuta pero estos juegos eran difíciles de desarrollar porque Manolo realizaba continuos “pasos al acto” agrediendo de forma real; puedo decir que es uno de los pocos niños que me ha dado miedo en la Sala ya que manifestaba un sadismo sin límites. Manolo expresaba una fuerte contradicción interna, ya que cualquier movimiento del otro le provocaba una respuesta agresiva pero a la vez la necesidad del contacto cuerpo a cuerpo era muy evidente. Sus representaciones eran monstruosas, agresivas, sangrientas siempre sobre el tema de la destrucción del terapeuta (me adjudicó el nombre de Mari diablos desde la primera sesión). 

La primera simbolización de la agresividad pudo realizarla estando yo totalmente  quieta y permitiendo que jugara a atarme y hacerme prisionera. El me ataba minuciosamente durante mucho rato muy concentrado en lo que hacía y guardando un relativo silencio. Esta situación se repitió durante algunas sesiones y en ellas  Manolo empezó a manifestar una fuerte ambivalencia, pues en el momento en que al liberarme de las cuerdas yo le perseguía él empezó poco a poco a dejarse a atrapar incluso a disfrutar ese instante en que yo le rodeaba con mis brazos cubriendo con mi cuerpo toda su espalda. A partir de aquí empezaron a suceder cosas, ya que con frecuencia se hacía “daño” en estas persecuciones y tenía que repararle con “vendas” y posteriormente con masajes, siendo capaz después de empezar a disfrutar de algunas actividades sensoriomotrices como pequeños saltos, deslizamientos y juegos de equilibrio.

Un día, después de una secuencia de masaje, empezó a hacer juegos de equilibrios sobre los cojines y colchonetas, yo le dije que parecía que estuviera haciendo surfing, que cuidado si venía una ola…… mientras, me ocupaba de que el espacio estuviera seguro, le añadía cojines y protección a la vez que reconocía sus nuevas competencias. Él disfrutaba enormemente de la situación mostrando una expresión abierta y alegre en su rostro, los brazos abiertos, el tono alto mientras iba diciendo frases como “tengo que aprender a  sostenerme solo” o “hoy es un día divertido” y “esta es mi hora de disfrutar”. En esta situación me otorgó el papel de “mecánica de seguridad”. En la representación me dibujó a mí en colores, sin rasgos definidos en la cara. Me dijo que era “Mª Angeles en abstracto” (ya no Maridiablos) después explicó: “Mª Angeles era la mecánica de objetos de seguridad, constructora de objetos de seguridad de Manolo”. Sentí un escalofrío al escuchar esto.

Vemos aquí un ejemplo diferente de estrategia de rodeo. Manolo, un niño invadido por fantasmas destructores, con una estructura tan frágil que estaba en permanente hilo directo con angustias arcaicas de fragmentación, de caída, de despellejamiento (padecía una importante dermatitis atópica), así como angustias de castración, vivía el entorno como una permanente amenaza defendiéndose del entorno y de sí mismo, de sus propias pulsiones destructivas, por medio de un lenguaje intelectualizado e invasor. El haber podido jugar de manera simbólica la destrucción del terapeuta, le permitió abrirse a recibir cosas del otro, los juegos de reaseguración profunda compartidos en una relación le permitieron centrarse sobre sus propias sensaciones corporales y así pudo reunificar su propia unidad de placer y empezar a  vivirse a sí mismo de forma positiva. 

La transformación de la angustia en placer por medio de estos juegos de reaseguración profunda, en este caso por medio de los juegos de placer sensoriomotor ha transformado tónica y emocionalmente a Manolo y esto lo constatamos en la representación final en la que aparece una difusa pero positiva identificación con la terapeuta.

Hemos visto dos ejemplos muy distintos. Katy una niña con la muerte agarrada al cuerpo desde antes de nacer que lucha no solo por vivir sino por sentirse viva a pesar de su historia y de las frustraciones que su cuerpo deficitario le genera. Manolo un niño al que la vida le sonríe pero él no puede sonreír a la vida pues sus fantasmas de muerte y destrucción (”soy un ser de destrucción” decía mirándose al espejo) le perturban alterando todas sus relaciones. 

Dos niños distintos con historias personales muy diferentes, clínicamente en las antípodas uno del otro, pero cuya terapia sin embargo presenta puntos comunes:

Ambos necesitaron destruir al otro para poder recibir algo después, para dejarse dar, para aceptar y hablamos siempre de sensaciones ligadas al cuerpo. Katy tuvo que hacer un proceso de identificación con el agresor para poder echar fuera todos los objetos negativos que llevaba dentro, para poder abrirse a lo positivo de los demás y de sí misma, Manolo al poder canalizar en el registro simbólico sus fantasmas agresivos  pudo rebajar su actitud defensiva, abrirse igualmente a recibir y a partir de ahí empezar a afianzar su identidad.

Ambos pasaron por juegos de reaseguración profunda de forma pasiva –arrastres, envolturas, giros, balanceos- y activa –equilibrios, desequilibrios, saltos, deslizamientos, volteretas, etc- algo que encontramos con frecuencia en el transcurso de una terapia. Estos juegos son el motor de la evolución de todo niño porque le permite acceder a una vivencia positiva y unificada de sí mismo a partir de la movilización de los sistemas fisiológicos más arcaicos: el laberinto, la piel, la mirada, el equilibrio, todo se reactiva en esta auténtica estrategia de rodeo.

Como consecuencia, ambos pudieron transformar la representación de sí mismos a partir de vivir el placer de sus nuevas sensaciones y emociones compartidas en la relación terapéutica. Si la finalidad de toda terapia es crear pensamiento aquí tenemos la prueba evidente de la eficacia de las estrategias utilizadas.

Ambos dieron un rodeo de forma activa por sus orígenes y hoy en día son más capaces de reasegurarse cuando aparecen nubarrones en su vida, porque su estructura psíquica es más sólida, la imagen de sí mismos más positiva y por tanto pueden recibir y también dar.

Al terminar la sesión le dije a Manolo:

- ¿Sabes? Me gusta mucho el oficio que me has dado hoy, mecánica de objetos de
seguridad ………

Sinceramente, creo que nunca escuché mejor definición de este oficio de terapeuta.

Madrid Octubre de 2004

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